Nuestros alumnos reciben cada día un montón de ideas por redes y series. Algunas son buenas, otras no tanto, y casi todas llegan con mucha fuerza y bien envueltas. Si no tienen criterio para valorarlas, acaban creyéndoselas o sintiéndose pequeños por creer lo que creen.
Ante lo que choca con nuestros valores solemos reaccionar de dos maneras: cancelar o proteger. Las dos dejan una fe que solo funciona en un entorno seguro y que se queda muda cuando sale de él.
La fe aguanta las preguntas. Aguanta que se piense y que se ponga a prueba en la vida real. A nosotros, como profesores, nos toca enseñarles a hacerlo y contarles el evangelio en el idioma de su generación. El mensaje es eterno, la traducción la hacemos nosotros.